Customer loyalty no es marketing. Es una disciplina técnica que la región todavía no trata como tal
- Alejandro Gonzalez Saul
- hace 2 días
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La industria de customer loyalty en América Latina tiene un problema que rara vez se nombra en voz alta. Está siendo discutida, enseñada y ejecutada con una fracción del rigor metodológico que sus propias disciplinas constituyentes exigen. Y por eso, en buena parte, los niveles ejecutivos la siguen viendo como táctica de marketing y no como disciplina de negocio.
La consecuencia es predecible. Cuando una práctica se ejecuta superficialmente durante suficientes años, la audiencia que decide su presupuesto deja de tomarla en serio. No por mala fe, sino por evidencia. Y esa pérdida de autoridad institucional es la que mantiene a la categoría atrapada en el plano táctico, año tras año, columna tras columna, conferencia tras conferencia.
Customer loyalty no es marketing aplicado
Customer loyalty es una disciplina que se sostiene sobre al menos siete cuerpos de conocimiento técnico distintos. No es opinión, es composición. Una práctica de loyalty bien ejecutada requiere fluidez razonable en estadística (medición de incrementalidad, análisis por cohorte, intervalos de confianza); economía conductual (sesgos, heurísticas, mecanismos de hábito y formación de preferencia); finanzas y contabilidad (pasivo de puntos, marco ASC 606 e IFRS 15, breakage estresado, construcción de P&L autónomo del programa); microeconomía (elasticidades, mercados de dos lados en coaliciones, dinámicas de precios diferenciados); neurociencia aplicada (mecanismos de recompensa, aprendizaje asociativo, fatiga de estímulo); sistemas de información (arquitectura de datos, identity resolution, frameworks de atribución); y tecnología como habilitador estratégico (plataformas escalables, integración de ecosistemas, elementos de gamificación, monedas propias de loyalty, inteligencia artificial aplicada a personalización y predicción).
Ninguno de estos siete cuerpos se aprende leyendo posts de LinkedIn ni asistiendo a conferencias genéricas de industria. Y, sin embargo, la mayoría de quienes ejecutan programas en la región opera sin formación específica en al menos cinco de los siete. Es como pretender liderar una función de finanzas corporativas habiendo leído blogs sobre dinero.
Por qué esto importa, en términos prácticos
Las consecuencias del déficit metodológico son observables y materiales. Aparecen en tres patrones que cualquier auditor o CFO sofisticado puede identificar en el primer trimestre de revisión seria.
Primero, programas que no aguantan auditoría financiera porque carecen de elementos propios de un P&L completo; ingresos, costos, utilidad operativa, gastos relacionados hasta llegar a un EBITDA que permita mostrar financieramente la viabilidad y sostenibilidad en el tiempo del programa. Que muestre que no se tiene que pedir año con año presupuesto, sino al contrario, que muestre como aporta valor a la organización.
Segundo, programas que reportan engagement pero no saben cuál es la incrementalidad de margen. Se presentan métricas de uso, frecuencia y satisfacción, pero no se puede responder con seriedad la única pregunta que el CFO realmente está haciendo: cuánto margen adicional generó este programa que no habría generado sin él. La incapacidad de responder con metodología defendible, comparando miembros y no-miembros equivalentes, controlando por cluster, segmento y tenure mantiene al programa en plano táctico ante quien firma su presupuesto.
Tercero, decisiones de diseño que ignoran lo que la economía conductual lleva más de cuarenta años documentando sobre cómo funcionan las recompensas. Programas que recompensan comportamientos que ya iban a ocurrir, mecánicas que generan habituación en lugar de hábito, escaleras de tier mal calibradas que castigan emocionalmente al miembro intermedio.
Y a estos tres patrones hay que sumar uno más, cada vez más visible y costoso. La tecnología que sostiene al programa se diseña en muchos casos como solución barata, desarrollada in-house con equipos que no son especialistas en loyalty, sin la arquitectura para escalar, sin capacidad real de integración con ecosistemas externos y sin preparación para incorporar inteligencia artificial y elementos de gamificación de forma operativa. Pretender mover grandes iniciativas con plataformas precarias es uno de los predictores más confiables de que un programa va a estancarse en los dos años siguientes a su lanzamiento, por más sólida que sea su estrategia conceptual.
Por qué la región está atrás
Tres razones explican el déficit estructural, y vale la pena nombrarlas sin victimismo y sin acusación.
La primera es académica. No existen, hasta hoy, programas formales de customer loyalty en las universidades latinoamericanas de primer nivel. Ni materia obligatoria en MBAs de escuelas como ITAM, Tec de Monterrey, IPADE, EGADE, Anáhuac, Adolfo Ibáñez, IAE, EAFIT, o Universidad de los Andes. Ni diplomados especializados estructurados con rigor académico. Ni líneas de investigación universitaria con producción regional propia. La práctica se ha desarrollado en empresas, no en aulas, y eso explica buena parte de por qué se discute con el vocabulario de marketing y no con el vocabulario de gestión técnica.
La segunda es de mercado de contenido. La formación que sí existe se hace mayormente por consumo de contenido superficial en LinkedIn, conferencias gremiales de calidad desigual, y blogs corporativos de proveedores cuya función primaria es comercial, no educativa. El resultado es un ecosistema donde la repetición de tendencias sustituye a la profundidad metodológica, y donde la cantidad de contenido publicado crece año tras año mientras el nivel promedio de rigor permanece estancado o decrece.
La tercera es organizacional. Las pocas empresas latinoamericanas que sí invierten en formación técnica formal de sus equipos de lealtad, y existen, aunque sean minoría lo hacen porque tienen liderazgo C-suite que viene de finanzas, consultoría estratégica, o industrias con culturas analíticas maduras. En esos casos, el rigor no se importa desde una escuela académica que no existe; se importa desde el sentido común financiero del CFO o desde la disciplina metodológica de quien lideró antes operaciones en sectores donde la imprecisión cuesta dinero medible.
Lo que tendría que cambiar
La situación no es irreversible. Está cambiando, lentamente, en bolsillos específicos. Pero acelerar el cambio requiere acción coordinada en tres niveles.
A nivel individual del practicante, la responsabilidad es ineludible. Invertir en formación técnica seria, cursos de economía conductual con autores primarios, no resúmenes de divulgación; estadística aplicada con énfasis en diseño experimental; lectura directa de los marcos contables que rigen el reconocimiento de ingreso diferido; entendimiento operativo de arquitecturas tecnológicas modernas deja de ser opcional para quien aspire a tener una conversación seria con el C-suite de su organización.
A nivel organizacional, las empresas con programas materiales en su P&L deberían tratar a la función de lealtad como unidad técnica, no como función creativa. Eso implica revisar su ubicación organizacional, los perfiles que contratan, los criterios con que evalúan a sus equipos, y los marcos de medición con que sostienen sus decisiones. Un director de lealtad que no puede defender su programa frente al comité de auditoría no es un problema del director; es un problema del marco con que la organización ha definido su función.
A nivel académico, el call-out es directo y específico. Las universidades latinoamericanas de primer nivel deberían incorporar customer loyalty como materia electiva en MBAs y como módulo formal en maestrías de marketing analytics, finanzas corporativas, gestión estratégica y data science aplicada al negocio. La práctica existe en miles de empresas latinoamericanas. Los activos económicos involucrados son materiales, pasivos de programas que en algunas compañías rebasan el diez por ciento del balance. Y no hay formación formal que prepare a quien va a operarla. Es vacío académico costoso, y es responsabilidad de las instituciones que se posicionan como formadoras del liderazgo regional cerrarlo.
A la industria misma, consultores, columnistas, líderes de opinión, el llamado es igualmente directo. La conversación pública sobre customer loyalty merece más profundidad de la que se le está dando. Más investigación seria, más artículos con metodología defendible, menos contenido construido alrededor de tendencias importadas sin contexto regional, menos repetición de los mismos lugares comunes que llevan diez años circulando sin haber sido verificados con rigor. La categoría no va a subir de nivel si quienes la representamos públicamente no decidimos subir el nuestro.
Una categoría sube de nivel cuando la gente que la practica decide subirla de nivel. No cuando los CEOs deciden tomarla en serio; los CEOs van a tomarla en serio cuando la conversación llegue a sus mesas con lenguaje, rigor y evidencia que respeten. Mientras tanto, la conversación va a seguir siendo en el lenguaje táctico que el gremio actual sostiene, y el techo de la categoría va a seguir siendo el techo que el gremio actual mismo le impone.
La buena noticia es que el camino para salir de ahí está disponible, está conocido, y depende solo de quienes operamos la disciplina decidir tomarlo. El primer paso es reconocer, sin sobreactuación y sin defensividad gremial, que customer loyalty merece ser tratada con el rigor técnico que su naturaleza compuesta exige. El segundo paso es exigir ese rigor a nosotros mismos antes que a nadie más; en cada decisión, cada análisis, cada artículo, cada presentación al comité directivo.
La industria que la región tiene hoy es la industria que la región se ha permitido tener. La que merece, y la que el mercado eventualmente va a demandar, depende de qué tan en serio empecemos a tratarla a partir de ahora.

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